Cuando hablamos de psoriasis solemos pensar en la piel: placas enrojecidas, descamación o picor. Sin embargo, las lesiones cutáneas son solo la manifestación visible de una enfermedad inflamatoria que afecta a todo el organismo.
En las últimas décadas, la investigación ha permitido comprender que la psoriasis es una enfermedad inflamatoria sistémica en la que intervienen el sistema inmunitario, la predisposición genética y diversos factores ambientales. Cada vez existe más evidencia de que la microbiota intestinal también participa en algunos de los mecanismos que regulan la inflamación.
Aunque la alimentación no cura la psoriasis ni sustituye al tratamiento farmacológico, sí puede convertirse en una herramienta complementaria para favorecer un entorno menos inflamatorio, mejorar la salud metabólica y reducir el riesgo de algunas de las enfermedades que con frecuencia se asocian a esta patología.
La psoriasis: cuando el sistema inmunitario interpreta una falsa alarma
Nuestro sistema inmunitario actúa como un sofisticado sistema de vigilancia. Su función consiste en reconocer virus, bacterias u otros agentes potencialmente peligrosos y poner en marcha una respuesta para eliminarlos antes de que provoquen una enfermedad.
En la psoriasis, ese mecanismo de defensa se activa de forma inapropiada. Es como si sonara una alarma de incendio en un edificio donde en realidad no existe ningún fuego: aunque no hay una amenaza real, el organismo responde como si la hubiera.
¿Qué ocurre cuando se activa esa falsa alarma?
Una vez activado el sistema inmunitario, determinadas células defensivas —especialmente los linfocitos T— comienzan a liberar proteínas llamadas citoquinas.
Las citoquinas son moléculas que permiten que las células inmunitarias se comuniquen entre sí. En condiciones normales coordinan la respuesta frente a una infección y ayudan a resolverla una vez desaparece el problema. En la psoriasis, sin embargo, estas señales permanecen activadas de forma continua, alimentando un estado inflamatorio persistente.
Entre las más importantes destacan la interleucina-17 (IL-17), la interleucina-23 (IL-23) y el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α). Estas moléculas actúan como un amplificador de la respuesta inflamatoria y explican por qué muchos de los tratamientos biológicos más eficaces actúan precisamente bloqueando estas vías.
¿Por qué aparecen las placas en la piel?
Los queratinocitos, las principales células de la epidermis, reciben constantemente esas señales inflamatorias. Como consecuencia, comienzan a dividirse mucho más rápido de lo habitual.
En una persona sin psoriasis, la renovación completa de la epidermis tarda aproximadamente cuatro semanas. Durante un brote, en cambio, este proceso puede completarse en apenas unos días. La piel produce células nuevas a un ritmo tan acelerado que no da tiempo a que maduren correctamente ni a que las capas más superficiales se desprendan con normalidad.
El resultado es una acumulación de células inmaduras en la superficie de la piel que acaba formando las placas gruesas, enrojecidas y descamativas características de la psoriasis.
Pero el problema no termina ahí.
La inflamación no se queda en la piel
Durante muchos años se creyó que la psoriasis era exclusivamente una enfermedad dermatológica. Hoy sabemos que las mismas citoquinas responsables de las lesiones cutáneas también circulan por la sangre y pueden afectar a otros órganos y tejidos.
Esta inflamación sistémica ayuda a explicar por qué las personas con psoriasis presentan un mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, síndrome metabólico, diabetes tipo 2, enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD) y artritis psoriásica.
Por este motivo, el objetivo del tratamiento no consiste únicamente en mejorar el aspecto de la piel, sino también en controlar la inflamación que afecta al organismo en su conjunto.
El intestino también participa: el eje intestino-piel
Otro de los grandes avances de los últimos años ha sido comprender que el intestino y la piel mantienen una comunicación constante.
En nuestro aparato digestivo viven billones de microorganismos que forman la microbiota intestinal. Lejos de ser simples acompañantes, participan en la digestión, producen compuestos beneficiosos, ayudan a mantener la integridad de la barrera intestinal y desempeñan un papel esencial en la regulación del sistema inmunitario.
Diversos estudios han observado diferencias en la composición y el funcionamiento de la microbiota intestinal de las personas con psoriasis. Aunque todavía no puede afirmarse que estas alteraciones sean la causa de la enfermedad, sí podrían contribuir a mantener un estado inflamatorio de bajo grado y modificar la comunicación entre el intestino y el sistema inmunitario.
Este conjunto de interacciones recibe el nombre de eje intestino-piel y constituye una de las áreas de investigación más prometedoras en psoriasis. Comprender cómo funciona este diálogo entre el intestino, el sistema inmunitario y la piel también ayuda a entender por qué la alimentación ha despertado tanto interés en los últimos años.
¿Qué papel puede desempeñar la alimentación en la psoriasis?
Aunque la alimentación no sustituye al tratamiento farmacológico, muchas personas con psoriasis se preguntan si modificar la dieta puede ayudar a controlar la enfermedad.
La alimentación puede influir en algunos de los mecanismos relacionados con la inflamación y la respuesta inmunitaria implicados en la psoriasis. Además, seguir un patrón alimentario saludable contribuye a mantener una microbiota intestinal más diversa, mejorar la salud metabólica y reducir el riesgo cardiovascular, aspectos especialmente relevantes en las personas que conviven con esta enfermedad.
Más que centrarse en alimentos «buenos» o «malos», la evidencia científica señala que lo realmente importante es el patrón alimentario en su conjunto. Entre los componentes de la dieta que más interés han despertado en la investigación destacan los siguientes:
Fitoquímicos: pequeños compuestos con un gran potencial
Las frutas, verduras, legumbres, frutos secos, especias y hierbas aromáticas contienen miles de compuestos bioactivos de origen vegetal, entre ellos los polifenoles y los carotenoides. Muchos de ellos poseen propiedades antioxidantes y antiinflamatorias que pueden ayudar a regular algunos procesos implicados en la inflamación crónica.
Aunque el efecto de cada compuesto por separado suele ser modesto, consumir una amplia variedad de alimentos vegetales permite aprovechar su acción conjunta, además del aporte de fibra, vitaminas y minerales. Por ello, la evidencia respalda una alimentación variada y rica en alimentos de origen vegetal, más que el consumo de un alimento concreto.
Fibra: mucho más que favorecer el tránsito intestinal
La fibra presente en verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas llega prácticamente intacta al colon, donde sirve de alimento para muchas de las bacterias beneficiosas que forman parte de la microbiota intestinal.
Al fermentarla, estas bacterias producen ácidos grasos de cadena corta —principalmente acetato, propionato y butirato—, que ayudan a mantener la integridad de la barrera intestinal, nutren las células del colon y participan en la regulación del sistema inmunitario. Aunque la investigación continúa avanzando, cada vez existen más evidencias de que una microbiota diversa y saludable podría desempeñar un papel beneficioso en enfermedades inflamatorias como la psoriasis.
Omega-3: ayudar al organismo a resolver la inflamación
Los ácidos grasos omega-3 participan en la regulación de la respuesta inflamatoria. Además de reducir la producción de algunos mediadores proinflamatorios, el organismo los utiliza para fabricar moléculas especializadas —como resolvinas, protectinas y maresinas— que favorecen la resolución de la inflamación y la reparación de los tejidos. Es decir, no solo contribuyen a limitar la respuesta inflamatoria, sino también a facilitar que el organismo pueda finalizarla una vez ha cumplido su función.
Existen dos fuentes principales de omega-3 dentro de una alimentación saludable. El pescado azul —como el salmón, la sardina, la caballa, el boquerón o el arenque— aporta EPA y DHA, las formas que el organismo utiliza con mayor facilidad. Por su parte, las nueces y semillas, como las de lino, chía o cáñamo, aportan ácido alfa-linolénico (ALA), un precursor que el organismo puede transformar parcialmente en EPA y DHA.
Probióticos y prebióticos: cuidar la microbiota intestinal
Cuando hablamos de microbiota conviene diferenciar dos conceptos:
- Los probióticos son microorganismos vivos que, consumidos en cantidades adecuadas, pueden aportar beneficios para la salud. Se encuentran de forma natural en alimentos como el yogur, el kéfir o algunos vegetales fermentados.
- Los prebióticos, en cambio, son determinados tipos de fibra que sirven de alimento a las bacterias beneficiosas que ya viven en nuestro intestino. Están presentes en alimentos como el ajo, la cebolla, el puerro, los espárragos, la alcachofa o el plátano.
Un metaanálisis reciente que incluyó 15 ensayos clínicos aleatorizados y más de 1.400 participantes observó que determinadas intervenciones con probióticos mejoraban la gravedad clínica de la psoriasis y algunos marcadores inflamatorios. Sin embargo, los estudios disponibles siguen siendo heterogéneos y presentan limitaciones metodológicas, por lo que actualmente no existe evidencia suficiente para recomendar una cepa concreta como parte del tratamiento habitual.
En cambio, sí existe un mayor consenso en que una alimentación rica en alimentos vegetales y fibra favorece de forma natural una microbiota más diversa y funcional, un aspecto que probablemente tenga mayor relevancia clínica que el uso rutinario de suplementos probióticos.
¿Qué alimentos conviene limitar?
Además de aumentar el consumo de alimentos saludables, también es recomendable reducir aquellos cuyo consumo habitual se asocia a un peor estado de salud metabólica. En este sentido, limitar el consumo de bebidas alcohólicas, bebidas azucaradas, carnes procesadas y alimentos ultraprocesados puede contribuir a mejorar la calidad global de la alimentación y reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y otras comorbilidades frecuentes en personas con psoriasis.
Ideas clave
- La alimentación puede ayudar a modular algunos mecanismos relacionados con la inflamación, además de favorecer la salud metabólica y cardiovascular.
- El patrón alimentario es mucho más importante que un alimento aislado.
- Una alimentación rica en verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, semillas, aceite de oliva y pescado es la que cuenta con mayor respaldo científico.
- La nutrición debe entenderse como una herramienta complementaria al tratamiento médico.
¿Quieres que valoremos tu caso?
No existe una dieta única para la psoriasis. Cada persona presenta unas necesidades, un tratamiento y unas posibles enfermedades asociadas diferentes, por lo que las recomendaciones nutricionales deben adaptarse de forma individual.
En nuestro Servicio de Nutrición Clínica en Bilbao elaboramos planes de alimentación personalizados, basados en la evidencia científica y adaptados a tus hábitos, objetivos y tratamiento, siempre como parte de un abordaje integral y en coordinación con el equipo médico cuando sea necesario.
Si convives con psoriasis y quieres saber cómo adaptar tu alimentación a tus necesidades, estaremos encantados de ayudarte. Solicita tu primera consulta y te acompañamos con un plan nutricional personalizado basado en la evidencia científica.
Cualquier duda, te leemos en comentarios.
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